Montijo

fragilesbiografias-libroEn Montijo comenzamos las reuniones con Perspectiva de género el pasado 7 de noviembre a las 18h. Nos encontraremos cada 15 días y el primer libro que vamos a abordar es “Frágiles Biografías” de Carmen Ibarlucea  con prólogo de la periodista montijana Ana Gragera.

Lo comenzamos leyendo la historia de Mercedes, vecina de Puebla de la Calzada que tiene ahora 85 años, y cuya historia comienza así…

La vida buena

A Mercedes, que a veces llora pero nunca se da por vencida.

-¡y qué no me enteré yo que comes naranja!

Mercedes sale despacio con su hato de siempre. Está terminando el invierno. El camino no es demasiado largo y está bueno, quizás tarda media hora pero ella no lo sabe, tampoco sabe que el tiempo se puede medir. Lo que sí sabe es que no debe demorarse en el camino porque Padre y su hermano mayor la esperan para compartir el almuerzo. Cada mañana su madre prepara los garbanzos y sirve dos raciones grandes y una pequeña, la pequeña es para Mercedes, después mete una naranja y le dice muy seria: “Si Padre te da naranja le dices que no, que tú ya has comido, ¿enterada?”

Mercedes recorre el camino sin pausas, es importante llegar. Lo primero que vislumbra cada día es al tío José y a sus hijos, sentados a la sombra de “su” encina, ellos la saludan con gesto tardo y afectuoso, ellos no tienen una niña que les traiga la comida, por eso comen frío y sonríen a Mereces con añoranza; su padre y su hermano la esperan en silencio. No hay sorpresas.

Padre extiende el paño sobre la tierra y separa las raciones de los tres; dos platos esmaltados de porcelana blanca con el ribete azul y la olla, son la vajilla.

Mercedes y su hermano contemplan el ritual cotidiano con respeto místico. El padre toma la naranja y la pela. Los tres saben que la cáscara es para Mercedes porque a ella no le gustan los garbanzos.

    • toma niña, cómela despacio para que te alcance- son las palabras de siempre.

Y comen.

La naranja está entre ellos sobre el paño, Mercedes no quiere mirarla, come despacio para terminar después que los dos hombres, pero ellos esperan. Ya no quedan garbanzos, ni monda de naranja. Padre toma la naranja en las dos manos. Con cuidado la parte en dos mitades iguales y las ofrece a sus hijos. El hermano de Mercedes toma la mitad que le corresponde y calla. Mercedes niega con la cabeza y miente bajito: “Yo comí en casa”. Padre le pone la media naranja en el regazo y susurra “no se lo diremos a Madre”.

Regresa despacito, contempla el horizonte difuso de la planicie y disfruta del frescor en la cara. Tiene ocho años. Una vez, hace tiempo, hubo una navidad en su vida, navidad con reyes magos que dejaron a los pies de su cama 2 ó 3 almendras, un cartucho de confites y carbón dulce. Ni la navidad, ni los reyes magos han podido volver.

* * *

Mercedes tose y los ojos se le ponen colorados, junto a ella tosen dos niños que no son sus hermanos. Los niños, de 3 y 5 años, están a su cuidado, son su trabajo.

Mercedes se levanta cada mañana, aunque su cuerpo le reclama dulzuras del pasado. Su cuerpo agotado por la difteria, la tos ferina y el hambre se niega a levantarse, pero Mercedes puede más que él, une a su voluntad la de su madre y se levanta para trabajar. Tiene once años.

Las ventanas cerradas, las cortinas echadas, las persianas bajadas. Esa es la oscuridad en la que pasa el día, la Señora no quiere que haya corrientes de aire, tiene miedo. Tampoco quiere que los niños salgan a la calle y por supuesto no quiere que estén en la salita porque cuando vomitan sangre dejan los muebles imposibles de limpiar. Los niños no quieren jugar, no quieren quedarse en la cama. Los niños quieren estar buenos y correr por la calle, pero tienen tuberculosis, aunque Mercedes no lo sabe.

Mercedes los aguanta con paciencia, no sabe si le gustan, pero le dan pena.

Cobra poco pero hace poco. La contrataron sólo para cuidar de los niños y no les importó que estuviera enferma, ellos también y así cobraba menos. Es su segundo empleo; el primero lo perdió por lo mismo que encontró este. Llego el día que no pudo mandarle a su cuerpo que se levantara. Primero vino la difteria, en seguida la tos ferina, el hambre estaba desde que Padre perdió el trabajo en la huerta de Doña Justa. El médico dijo que todo eso le vino porque no comía; le recetó comida y descanso y pasó la factura.

Padre no tiene dinero, no tiene trabajo, sale de madrugada camino de la dehesa para robar bellotas y poder hacerles migas. Lleva los pies descalzos, el alma pegada a la tierra; la mente vacía para sobrevivir. Padre tiene tres hijos y dos hijas. A sus espaldas las consecuencias de una guerra…

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